5.04.08

Jesús en persona se acercó

En el domingo, el primer día de la semana, Jesús en persona se acerca a los suyos y se hace su compañero de camino. Jesús es el Señor glorioso, resucitado, vencedor de la muerte. Sin embargo, no hemos de pensar que su humanidad resucitada fuese inalcanzable a la vista o a los sentidos de los discípulos destinatarios de sus apariciones pascuales. En estas apariciones, el Señor establece con los suyos relaciones directas mediante el tacto y el compartir la comida.

El Caminante que acompaña a aquellos discípulos que se dirigían a Emaús no era un espíritu, ni un fantasma, ni el resultado de una alucinación presuntamente causada por una, por otra parte inexistente, exaltación de ánimo. La Resurrección del Señor, el paso de la muerte a la vida que está más allá del tiempo y del espacio, siendo un acontecimiento trascendente, es también un acontecimiento histórico y, aunque supera el orden físico de la realidad, no está desvinculado de este orden, ya que los suyos lo pueden ver, oír y tocar (cf “Catecismo”, 639-647).

El Señor les explicó las Escrituras, encendiendo su corazón mientras les hablaba. Para reconocer al Señor en la fe, es preciso creer lo que habían anunciado los profetas. Y para creer hay que dejar que nuestro corazón sea movido, atraído, “encendido” por la acción del Espíritu Santo. Toda la Sagrada Escritura expresa una única Palabra: “Recordad – escribía San Agustín – que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo” (“Enarratio in Psalmum 103, 4, 1).

De modo ahora invisible, el Señor, cada domingo, se acerca a nosotros mediante su Palabra, para encender nuestro corazón, para alimentarnos y fortalecernos, a fin de que podamos recorrer, con la alegría que se fundamenta en la victoria de Cristo, el camino de la vida.

Pero el Señor no sólo habla a los suyos, sino que “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”. Entonces se les abrieron los ojos a los discípulos y lo reconocieron. La presencia del Señor en la Eucaristía es su presencia real por excelencia en medio de nosotros. Para reconocerle no nos bastan los ojos de la carne. Necesitamos que el oído escuche su Palabra y que se despierten los ojos de la fe. La presencia de Cristo en el Sacramento “no se conoce por los sentidos, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios”, explica Santo Tomás.

Cada domingo, en la comunión, recibimos a Aquel a quien creemos, a Cristo mismo, que se entregó por nosotros como alimento celestial de vida eterna.

Guillermo Juan Morado.

4.04.08

La libertad religiosa y el derecho a la conversión

He leído con gran interés la carta que Magdi Cristiano Allam dirigió al director de “Il Corriere della Sera”, carta en la que habla de su conversión al cristianismo, abandonando su anterior fe islámica.

Magdi Cristiano Allam tiene, como todo ser humano, derecho a la libertad religiosa y, en consecuencia, a abrazar libremente el Credo que, en conciencia, reconoce como la Verdad.

El Concilio Vaticano II expresa muy claramente este derecho: “Esta libertad [la libertad religiosa] consiste en que todos los hombres deben estar libres de coacción, tanto por parte de personas particulares como de los grupos sociales y de cualquier poder humano, de modo que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a actuar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella, pública o privadamente, solo o asociado con otros, dentro de los debidos límites” (“Dignitatis humanae”, 2).

Parecería que, en una sociedad abierta, esta libertad estaría suficientemente garantizada, pero la realidad nos dice que no es así. Con frecuencia es una libertad vulnerada, de forma sutil, por la presión ejercida en ocasiones por un laicismo antirreligioso, o de forma violenta, sin excluir, como en el caso de Magdi Cristiano Allam, la amenaza de muerte.

La libertad religiosa está fundada en la dignidad de la persona humana y por ello este derecho debe ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, y no sólo reconocido teóricamente, sino también amparado en la práctica.

La conciencia es el cauce mediante el cual el hombre percibe y reconoce la voz de Dios y es la vía personalísima a través de la cual la persona busca la verdad. La libertad de la conciencia no es indiferencia hacia la verdad, sino ausencia de coacción externa a la hora de adherirse a ella firmemente con el asentimiento personal.

Un gran converso, el cardenal Newman, destacaba este carácter personal de la conciencia como vía de conocimiento: “No puedo pensar con otra mente que no sea la mía, como no puedo respirar con otros pulmones que no sean los míos. La conciencia está más próxima a mí que cualquier otro medio de conocimiento”. Dotada de una configuración esencialmente religiosa, la conciencia, afirmaba también el Cardenal inglés, es el “eslabón entre la creatura y su Creador”.

Guillermo Juan Morado.

3.04.08

Un pequeño libro sobre la Virgen: "Novena a la Virgen María"

Si quisiésemos escribir una novena para cada advocación de la Virgen no nos llegarían los días de una vida entera, por larga que ésta fuese. La devoción a Nuestra Señora está tan difundida que abarca las diversas épocas de año y se extiende por toda la geografía: “A su bondad materna, así como a su pureza y belleza virginal, se dirigen los hombres de todos los tiempos y de todas las partes del mundo en sus necesidades y esperanzas, en sus alegrías y contratiempos, en su soledad y en su convivencia”, escribe Benedicto XVI al final de su encíclica Deus caritas est.

Por ello, en esta Novena a la Virgen María, que acaba de ser publicada (editorial CCS, colección Mesa y Palabra, nº17, Madrid 2008, 74 páginas), hemos seleccionado sólo algunos motivos, algunas razones que brotan de la fe, de entre las muchas que los cristianos tenemos para honrar a la Madre de Dios. María, escogida desde toda la eternidad para ser la Madre del Señor, es la llena de gracia, la siempre virgen, cuya fe obediente se convierte en primicia y modelo de la fe de la Iglesia. La única mediación de Jesucristo incluye, subordinada pero realmente, la mediación de su Madre, de la Mujer que ya en Caná intercede por nosotros ante su Hijo. Al saludarla como Bienaventurada no hacemos otra cosa que reconocer la grandeza de Dios, cuyo poder realiza obras grandes en sus criaturas.

En la letanía al Inmaculado Corazón de María se invoca a la Santísima Virgen como “alivio de los que sufren”. El alivio es lo que aligera, lo que hace menos pesado, lo que mitiga la fatiga o la aflicción. Si pensamos en Jesucristo, sobre todo en su Pasión, descubriremos a María como el único alivio que, desde la tierra, consuela a nuestro Redentor. La Virgen está junto a la Cruz de su Hijo (cf Juan 19, 25), firme en la fe, en la esperanza y en el amor.

No falta en el mundo, ni en nuestra propia existencia, el sufrimiento. El mensaje cristiano es un mensaje de alegría y de esperanza, porque confiesa la victoria de Cristo sobre el mal, el dolor y la muerte. Pero es también un mensaje de alivio, de consuelo, de compasión. Abrirse al sufrimiento de los otros e intentar, en lo posible, aligerar su carga nos hace crecer en humanidad y nos asimila al Hombre perfecto, Jesucristo, nuestro Señor.

Hace ya algunos años, tuve ocasión de meditar sobre este aspecto participando en la fiesta de la Virgen del Alivio que, en septiembre, cuando ya ceden los rigores del verano, celebran en la parroquia de Santa María de Tomiño, en la diócesis de Tui-Vigo. Me parece un advocación muy hermosa. ¡Qué Nuestra Señora nos ayude a testimoniar el “consuelo de Dios”!

En esta pequeña obra he considerado los siguientes capítulos:

Día primero. Escogida desde toda la eternidad
Día segundo. La llena de gracia
Día tercero. ¡Dichosa tú, que has creído!
Día cuarto. La Madre de mi Señor
Día quinto. La siempre Virgen
Día sexto. Modelo y Madre de la Iglesia
Día séptimo. Mediadora nuestra
Día octavo. Me llamarán bienaventurada
Día noveno. Corazón de María, alivio de los que sufren

Son como breves catequesis o meditaciones, precedidas siempre de un texto bíblico y seguidas de preces y de oraciones.

Guillermo Juan Morado

2.04.08

Un signo y un testimonio de Cristo Resucitado

Bella homilía la pronunciada por Benedicto XVI en la Misa del tercer aniversario de la muerte de Juan Pablo II. El Papa actual destaca con fuerza la “excepcional sensibilidad espiritual y mística” de su predecesor. Es una observación ajustada, que todos hemos podido constatar: Juan Pablo II era un hombre de Dios, un hombre verdaderamente espiritual. Bastaba verlo rezar o celebrar la Santa Misa, adentrándose - diríamos que palpablemente - en el misterio de la muerte y la resurrección del Señor.

Quizá sea ésta una de las claves que explican la atracción que Juan Pablo II ejercía sobre las personas. Los hombres santos nos hacen más cercano el misterio de Dios. Un misterio que nos desborda de tal manera, que sólo podemos percibirlo indirectamente, reflejado en la existencia de aquellos que se han dejado invadir por él. Es también, esta vivencia profundamente espiritual, el gran reto para los cristianos en este momento. Para sostener la vida cristiana no es suficiente con la doctrina, o con una superficial práctica religiosa; es preciso tener experiencia de Dios, saber de Él, gustar de algún modo de su presencia.

La Pascua de Cristo, su muerte y resurrección, eran para Juan Pablo II no sólo el eje central de su anuncio, sino también, como ha de serlo para todos los cristianos, una realidad que iba tomando forma, místicamente, en su propio ser. De ahí la valentía, el coraje y el optimismo del Papa. Su “no tengáis miedo”, tantas veces repetido, se fundaba, como hace notar Benedicto XVI, no en las fuerzas humanas, ni en los éxitos, sino solamente en la Palabra de Dios, en la Cruz y en la Resurrección de Cristo: “Como le sucede a Jesús, también para Juan Pablo II al fin las palabras han dejado el puesto al extremo sacrificio, al don de sí mismo. Y la muerte ha sido el sello de una existencia enteramente donada a Cristo”.

La experiencia de Dios, la experiencia de la Pascua, es la experiencia de la misericordia de Dios. ¿Qué puede contrarrestar la marea del mal? Sólo el amor de Dios, sólo su Divina Misericordia: “No hay otra fuente de esperanza para el hombre más que la misericordia de Dios”, afirmaba Juan Pablo II.

Benedicto XVI concluye su homilía pidiendo al difunto Papa que “continúe a interceder desde el cielo por cada uno de nosotros”. Creo que somos muchos los que nos unimos a esa petición.

Guillermo Juan Morado.

1.04.08

Ciencia y religión

Si un hábito de la mente determina nuestro modo de pensar y de vivir en la sociedad actual es la ciencia. El rigor, la precisión, la capacidad de predecir resultados conforman un ámbito del saber, el científico, de cuyas aplicaciones prácticas nos beneficiamos diariamente.

Ciencia y religión son vistas en ocasiones como parcelas rivales o en competencia. Si la ciencia explica mucho – se cree a veces - a la religión le quedaría, en consecuencia, poco que explicar. Ya Comte, adalid del positivismo, preveía la sustitución de la religión por la metafísica y, ulteriormente, de la metafísica por la ciencia.

Pero el conflicto, o la incompatibilidad entre ciencia y religión, es más aparente que real. La ciencia, en sí misma, no excluye la religión. Puede quizá caer en la tentación de excluirla si de la ciencia se deriva hacia una ideología cientificista, según la cual el único conocimiento válido sería el conocimiento científico y la única realidad sería aquella parcela de lo real que puede circunscribirse en el perímetro de la investigación científica.

Sobre este binomio, “ciencia-religión”, deseo recomendar un libro, cuya lectura me ha parecido de enorme interés. Se trata de una obra de Mariano Artigas, titulada “Ciencia y religión. Conceptos fundamentales” (EUNSA, Pamplona, 2007, 422 páginas).

El autor, ya fallecido, es un pensador solvente, doctor en Ciencias Físicas y en Filosofía. Un libro suyo anterior, “La mente del universo”, ya me había parecido enormemente sugestivo. Artigas compagina, como los buenos maestros, la seriedad con la claridad.

El libro que presentamos aborda veinticinco temas en los que están implicadas la ciencia y la religión. Temas de tipo epistemológico, que clarifican las características y el alcance de ambos saberes: “Ciencia y conocimiento ordinario”, “ciencia y filosofía”, “ciencia y religión”, “cientificismo”, “lenguaje científico”, etc. Temas de tipo histórico, como un brillante capítulo dedicado a “Galileo y la Iglesia”. O bien cuestiones de enfoque más sistemático como las dedicadas al “alma”, al “creacionismo”, a “Dios” o a la relación entre “evolucionismo y fe cristiana”.

Este libro tiene, además, la ventaja de que no hay que leerlo de un tirón. Cada uno de los capítulos conserva su autonomía. Si no lo han leído, háganlo. Les gustará.

Guillermo Juan Morado.