Características del adolescente

Las jóvenes generaciones apenas tienen sentido de la continuidad, lo que les lleva a rechazar los valores tradicionales. Destacan privilegiadamente el momento presente y entonces surge la tentación de vivir al día dejando que los acontecimientos impongan su ritmo.

Aunque cada persona es un mundo y está llena de matices que la diferencian de los demás, en general en el adolescente predomina el sentimiento sobre la razón, aunque, debido a sus estudios, en esta época se desarrollan su inteligencia, su racionalidad, su espíritu crítico y su afán por las discusiones. Con frecuencia es un gran idealista, capaz de entusiasmarse y sacrificarse más que muchos adultos, con una búsqueda muy seria de lo verdadero, de lo auténtico y de lo absoluto, pero a renglón seguido se entrega a sus instintos o a una espontaneidad que le lleva a menospreciar las formas institucionales, las normas y la autoridad; capaz igualmente de obediencia ciega y rebelión contra todo, desconociendo realidades innegables que deben ser aceptadas; del optimismo más alegre y la melancolía más triste; del trabajo infatigable y negra pereza; a veces son muy sociables y buscan la compañía, comprensión y amistad de los demás, para luego desconfiar de todos y buscar la soledad, si bien en esta soledad con frecuencia rehuyen el enfrentarse consigo mismos y buscan por ello la compañía del ruido o de una música que no les deje pensar, por lo que hay que enseñarles el valor del silencio y de la soledad como encuentro consigo mismo y momento de reflexión muy profunda.

Oscilan igualmente entre una gran confianza y desconfianza en sí mismos, entre la vida heroica y la sensualidad. Además, muchos de ellos tienen tantas cosas y las han conseguido tan fácilmente que no valoran el esfuerzo y con ello han perdido esa sensación de valía propia que se tiene cuando se ha logrado realizar u obtener algo difícil. Suelen ser conscientes de esta situación y de sus incoherencias y contradicciones, por lo que, ante su crisis de identidad, asumen una actitud defensiva. Se defienden porque temen, porque se sienten de algún modo "amenazados”, buscando refugio en el gregarismo, con un conformismo grupal que les lleva incluso al mimetismo, lo que les hace caer en el pesimismo y en la negatividad. Otras veces su fuga de la realidad se manifiesta diciéndose: ¿qué puede hacer uno? Al no conformarse con lo pequeño y lo cotidiano, quieren lo grande, lo difícil..., aquello a lo que no tienen inmediato acceso. Y así van dejando “para después” lo que hoy ya debieran comenzar. Es importante por ello que no teman asumir responsabilidades y empezar ya lo que tienen que hacer, a fin de conseguir ser personas coherentes en las que su conducta sea la realización de lo que piensan. Deben ser conscientes de que, aunque son hijos de su pasado y ambiente, son o deben ser mucho más los constructores de su futuro.

Hacia el final del colegio secundario, esta problemática se hace más sensible. El problema de la elección de carrera se presenta a menudo como un interrogante a resolver con premura. La elección de su profesión es fundamental para su existencia. La pastoral vocacional, que es responsabilidad de todo el pueblo de Dios, comienza en la familia y continúa en la comunidad cristiana, debe dirigirse a los niños y especialmente a los jóvenes para ayudarlos a descubrir el sentido de la vida y el proyecto que Dios tenga para cada uno, acompañándolos en su proceso de discernimiento. Es muy importante que escoja una profesión que por supuesto le permita ganarse la vida, pero que le motive y agrade, en la que esté satisfecho, porque es fundamental para nuestra propia realización hacer nuestro trabajo a gusto, pues sólo así lo considerará como su servicio a los demás. Hacer bien el propio trabajo es la primera manera de hacer el bien y de dar sentido a la vida. Pero saber lo que se quiere para el futuro y tomar decisiones no es fácil. En este punto es necesario no olvidarse de la posibilidad de la vocación consagrada, intensificando de diversas maneras la oración por este tipo de vocaciones, con lo que también se contribuye a crear una mayor sensibilidad y receptividad ante la llamada del Señor. Decidirse supone escoger y con ello renunciar a posibilidades que le estaban abiertas, pero no decidirse y no concretar supone no llegar a nada, no realizarse.

Ésta es también la edad de encerrarse en sí mismo, de los ensueños, de los amoríos, de las pasiones, dirigidas a veces hacia alguien del mismo sexo, a quien admira, sin que ello signifique homosexualismo. Es bonito soñar, pero el choque con la realidad suele ser bastante duro. Sentimientos cambiantes, entusiasmos, tormentas afectivas que poco a poco se irán apaciguando para dar entrada al amor adulto orientado ya hacia una persona del sexo opuesto.

Las jóvenes generaciones apenas tienen sentido de la continuidad, lo que les lleva a rechazar los valores tradicionales. Destacan privilegiadamente el momento presente y entonces surge la tentación de vivir al día dejando que los acontecimientos impongan su ritmo. Incluso su idealismo lleva consigo una buena dosis de inmadurez, fantasías y carga afectiva, por lo que tarde o temprano ha de desvanecerse, lo que no es deseable ocurra con los ideales o valores, que pueden y deben permanecer vigentes como modelos de perfección que estimulan al ser humano a crecer y a dar lo mejor de sí mismo.

Pero el adolescente debe continuar su evolución hasta llegar a la maduración afectiva, que supone percibir al otro como un valor en sí y no sólo como un valor para mí. Se requiere para ello capacidad de entrega, con un fondo de generosidad y de apertura hacia los demás, a lo que no se puede llegar si no es desde la aceptación y desde la seguridad en sí mismo. Lo ideal sería que, por una parte, sepan confiar y estar a gusto consigo mismos, preocupándose activamente por su formación, y, por otra, reconozcan sus puntos débiles y la necesidad de poner su confianza sobre todo en Dios.

 

P. Pedro Trevijano, sacerdote

 

 

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3 comentarios

pepino
D. Pedro:

Tengo un cierto trato con chavales jóvenes. Lo llevo teniendo durante casi 10 años.

En ese tiempo también he envejecido yo mismo. Antes de adolescentes, los chavales son personas, con las limitaciones y concupiscencias de toda persona, independientemente de su edad.

La principal dificultad de estos chavales es que se les tiene una excesiva indulgencia, en el mal sentido. Cuando se habla de ellos, y a ellos, no pocas veces se afirma que es la etapa más difícil de la vida. Y lo será solo en unos pocos, muy pocos. Como a otros lo podrá ser los 30 los 50 o los 70.

A muchos se les pasa por alto infinidad de errores que terminaran pagando el resto de su vida. Perezosos, egoístas, sensuales, frívolos, materialistas...alejados de Dios. Tienen muchas cosas buenas, pero si lo pasan mal con 16 años, y no cambian, la cosa no va a mejorar con 30 o 40 años, al contrario. Ese es otro error que se transmite con frecuencia.

Otros son trabajadores, educados, proactivos...y con no pocas limitaciones. Si les acompaña Dios, hará de ellas personas cada vez más completas, que recordarán su juventud con cariño.

A excepción de algunas notas, Lo que dice en su texto se aplica a cualquier persona. Un mito que creo especialmente desafortunado es que el adolescente tiene más capacidad de entrega. No es cierto. La mayoría de sus madres hacen más por ellos que ellos en su casa.
11/04/11 12:26 AM
Veronica Camino
Me ha gustado.Estoy de acuerdo.La juventud es el momento de mas capacidad de entrega.
12/04/11 12:01 AM
policarpo
Ésta es también la edad de encerrarse en sí mismo, de los ensueños, de los amoríos, de las pasiones, dirigidas a veces hacia alguien del mismo sexo, a quien admira, sin que ello signifique homosexualismo. Es bonito soñar, pero el choque con la realidad suele ser bastante duro. Sentimientos cambiantes, entusiasmos, tormentas afectivas que poco a poco se irán apaciguando para dar entrada al amor adulto orientado ya hacia una persona del sexo opuesto.
D. Pedro Trevijano, sacerdote, tela tela tela marinera, lo que hay que oir.
12/04/11 8:45 AM

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