Un pecado que es una buena acción

No es difícil encontrarse con personas que te reconocen que, aun tratando habitualmente con enorme cariño a sus seres queridos, sin embargo el recuerdo que les queda es el de ese día que se dejaron llevar por los nervios y perdieron la paciencia y trataron mal al ser querido.

Cualquiera que lea el título de este artículo dirá que tiene que estar equivocado por fuerza, porque es indudable que un pecado no es una buena acción. Y sin embargo en esta sociedad en la que cada día hay más ancianos, se trata de una realidad con la que uno se tropieza constantemente.

Hago referencia a ese montón de personas que se encuentran con una o varias personas ancianas en su familia y las atienden con una abnegación realmente admirable. No me refiero para nada a aquéllos, que también los hay, que se despreocupan totalmente de sus mayores. Pues bien, tanto en las conversaciones con ellos como en el sacramento de la penitencia no es difícil encontrarse con personas que te reconocen que, aun tratando habitualmente con enorme cariño a sus seres queridos, sin embargo el recuerdo que les queda es el de ese día que se dejaron llevar por los nervios y perdieron la paciencia y trataron mal al ser querido, por lo que les queda un sentimiento de culpa y de tristeza por lo que han hecho. A estas personas me gusta recordarles que todos somos débiles y pecadores, pero que su trato con el ser querido ha estado lleno de amor y que, en consecuencia, su acción en conjunto puede definirse como una de las mejores o, tal vez incluso, la mejor acción de su vida. Y referente a ese día aciago les recuerdo que probablemente ese día perdieron el diez en su comportamiento, pero que el nueve, el ocho, el siete, el seis y el cinco siguen siendo buenas notas.

Cuando hace poco vi a un recién nacido no pude por menos de pensar que sus necesidades básicas eran las mismas que las de los ancianos o enfermos que ya no se valen por sí mismos: esas necesidades son cariño y alimentación. Y cuando una persona entrega cariño, indudablemente da algo bueno al otro, pero recibe mucho más, porque está haciendo buen uso de su vida y creciendo en su madurez personal. Y es que el desvalido, y tal vez precisamente por ello, aporta mucho a los demás. Al fin y al cabo es como se nos presenta Cristo tantas veces en nuestra vida. Mientras estemos en este mundo, y sólo a Dios pertenece retirarnos de él, tenemos una misión que cumplir y una tarea que realizar, aunque a veces simplemente pueda ser hacer posible que otros me hagan el bien.

Pedro Trevijano Etcheverría

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