El diálogo, el grito y el insulto

Una de las cosas que más nos gusta es tener razón. Pero la cuestión es que eso lo deseamos todos y cuando hay discrepancias es evidente que no todos pueden tenerla. El creer que tengo toda la razón suele ser un constante motivo de error en la vida.

De vez en cuando me gusta meterme en algún Chat de otros periódicos digitales. Que las discusiones sean vivas, es normal, pero a veces veo una falta de educación y ¿por qué no decirlo?, unas dosis de odio que simplemente asustan.

Una de las cosas que más nos gusta es tener razón. Pero la cuestión es que eso lo deseamos todos y cuando hay discrepancias es evidente que no todos pueden tenerla. El creer que tengo toda la razón suele ser un constante motivo de error en la vida. Por eso recuerdo algunas normas que me dieron cuando era un seminarista joven.

La primera norma era: “puedes darte por muy satisfecho si a lo largo de tu vida tienes el cincuenta y cinco de la razón en el cincuenta y cinco por ciento de los casos”. Es una norma clara que no necesita mayor comentario, porque significa que he tenido razón más de lo que en sí me correspondería.

La segunda decía así: “en toda discusión partid del supuesto de que sólo tenéis el noventa por ciento de la razón”. El otro tiene al menos un diez por ciento, por lo que vale la pena escucharle. Aquí entramos en un concepto fundamental para el diálogo: el saber escuchar. Hablar al otro y saberle escuchar es tratar al otro como una persona humana, empezar a respetarle. Tengo que intentar entender lo que el otro me dice. En una auténtica discusión lo que se debe intentar mucho más que imponer mi punto de vista, es buscar la verdad y qué es lo más razonable. Para ello lo mejor es decir de vez en cuando: “si no te he entendido mal y tu punto de vista es éste...”. Los filósofos medievales con muy buen criterio empezaban sus debates con nociones, es decir definían en qué sentido utilizaban las palabras, porque muchas veces el problema surge porque se emplea la misma palabra con dos sentidos distintos y así no hay quien se entienda. Perder una discusión porque el otro tiene razón y así lo reconocemos, no sólo no es humillante, aunque nos cueste reconocerlo, sino que uno sale de ese debate habiendo aprendido algo y sobre todo con más categoría personal, puesto que acabamos de hacer una demostración de honradez intelectual y de que lo que nos importa es la verdad.

La tercera norma era muy curiosa: “cuando veáis a dos gritando a todo gritar y a punto de llegar a las manos, es que están diciendo lo mismo”. Con no mucha frecuencia, pero varias veces en mi vida he observado que esta norma también es verdad. Lo que sucede es que ambos están tan empeñados en imponer su verdad, y tan cerrados a escuchar lo que el otro dice, que ya no atienden a razones. Cuando les haces ver a los dos su error, su reacción típica es: “es que yo creía”, pero es simplemente un problema de no escuchar. Recuerdo además una frase que leí en cierta ocasión: “no es necesario gritar”. Si tenemos razón, porque la tenemos, y si no la tenemos, con mucho más motivo.

Y la última norma: “el insulto es el argumento del que no tiene razones”. Si en un debate o discusión uno es insultado, lo normal es que lleve razón y el otro lo hace porque no tiene ya argumentos, y por ello intenta suplir esta carencia con gritos e insultos. Personalmente desde que descubrí esto me importa muy poco que me insulten, especialmente desde que me di cuenta que si me insultan a mí o a mi madre, mi madre y yo seguimos siendo los mismos que éramos antes, pues ni mi personalidad ni la de mi madre se ve modificada. En cambio el insulto sí se vuelve contra el que insulta, puesto que se ha degradado y al insultar ha perdido categoría humana.

Pedro Trevijano, sacerdote

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